Lisboa de plenitud

El viaje en que viví como en las pelis.

Estefanía Mbá

Querido diario viajero, si tuviera que resumir mi viaje a Lisboa sería el viaje de la plenitud. Pero ¿por dónde empezar? En Lisboa he tenido experiencias de todo tipo y sospecho en serio que en otra vida fui portuguesa.

Las veces que he visitado Portugal he tenido la misma sensación de estar en casa. Hay países o ciudades que visitas y después de unos días te empiezas a decir «esto está bien para un rato, pero ya quiero dormir en mi cama». Sin embargo, en Portugal siempre me ha ocurrido lo contrario.

En Oporto me planteé mudarme a Portugal por primera vez y me ha dado mucho pesar, inmensa pena marcharme de Lisboa.

A ti te puedo contar todo y te confieso que ya no quería volver.

He tardado en reflejar esto en mi diario viajero, porque sentía que mis palabras no podían transmitir bien lo que me pasaba por dentro.

Sé que lo digo mucho después de cada viaje, pero es que esta vez he necesitado mucho tiempo para procesarlo todo, como para permitirme empaparme de toda clase de emociones que surgían y digerirlas al máximo.

Empezando mi relato así, cualquiera pensaría que hubo perfección y glamour de principio a fin, pero no es exactamente lo que pasó.

Hice el trayecto de ida y vuelta en autobús, y sabe Dios que de momento prefiero cualquier cosa que pisa asfalto antes que subirme a un avión.

Disfruto mucho de los viajes en carretera y me inspiran mucho, de hecho, aproveché el trayecto para escribir unas cartas a mi amiga.

Además, cabe reconocer que esta forma de viajar es más asequible también. Notablemente incómoda para quienes lo detestan, eso sí, pero no es mi caso. Si pudiera ir a cualquier lugar sin coger un avión lo haría, pero hay trayectos tan largos que no me queda más remedio….

Lo que tenía claro antes del viaje era que no tenía prisa, mi única regla era disfrutar mucho y también descansar más. Necesitaba salir de mi entorno cotidiano por un tiempo y sabe la vida que me lo merecía. Definitivamente, sí.

Llegué a Lisboa una bonita tarde de verano, sobre las tres. Salí del bus con mi mochila y bastante eufórica. Había conseguido estar allí justo ese día, como me había prometido años atrás y puede que ese mismo entusiasmo me hiciera olvidar que tenía que retirar mi maleta.

Si nunca se te ha perdido el equipaje en un viaje, es una experiencia que te recomiendo saltar.

Me cuesta creer en las casualidades y empecé a pensar en la razón de empezar mi estancia de ese modo. Llevaba el dinero justo encima y tenía bloqueada mi tarjeta por un intento de fraude, esperaba que mi hermana me mandara más dinero en dos días, o con suerte, al día siguiente.

En el fondo, lo único que me dolía en ese momento era que en la maleta había metido un libro que me regaló una amiga por mi cumple.

La ropa era lo de menos en ese punto. Era un inconveniente en pleno viaje y más, teniendo en cuenta mi situación económica ese día, pero siempre se puede comprar más ropa y no conozca a muchas mujeres que odien renovar su armario si pueden, ninguna, en realidad.

No obstante, el valor sentimental del libro... No lo podía sustituir otro igual y eso es lo que me dolía. Así que, me senté un momento a pensar en cómo proceder.

Podía dejar ir la maleta, pero también podía intentar recuperar el libro.

Querido diario viajero, estaba muy calmada en todo momento, porque si hay algo que me disgusta es estresarme de vacaciones.

El bus había dejado la Estación Oriente y empecé preguntando en los puntos de ATC. Todos muy amables, pero unos me decían que preguntase a los demás y estos me mandaban de nuevo a los anteriores, hasta que al final me recomendaron ir a la otra estación de autobuses: Sete Rios.

Sete Rios quedaba a cuatro paradas en tren, pero a tomar por saco, porque entre la espera del tren y la llegada se me fue al menos una hora y media. El transporte público de Lisboa no es de lo más puntual que digamos. O esa fue mi experiencia.

Llegué, pero en Sete Rios tampoco sabían nada de mi maleta, me remitieron a la central de autobuses cuya dirección me facilitaron, quedaba a más de hora y media desde mi ubicación.

Vi que me estaba quedando sin carga en el móvil y con menos efectivo todavía, así que decidí llegar primero al alojamiento y pensar en cómo proceder. Me sentía muy cansada, pero emprendí mi camino.

Como si las cosas no habían empezado lo suficiente mal, se torcieron aún más cuando a quince minutos del alojamiento me quedé sin carga en el móvil y adiós Live View. Me acordé de que tenía otro teléfono en la mochila con carga, pero sin datos. Me senté en una parada de bus para cambiar la sim con datos de un teléfono a otro.

No tenía alfiler para abrir el compartimento y decidí usar mis pendientes. Ese día lamenté haberme puesto los pendientes con puntas plásticas, porque ambos se rompieron antes de que consiguiera abrir alguno de los dos móviles. Adiós a mis bonitos pendientes, pero seguía manteniendo la calma y la esperanza.

Justo a unos pasos de mí había una tienda de joyería (ZULA) y decidí pedir un alfiler, no había clientes y esto me hizo no sentir que incordiaba. La dependienta fue muy maja, se puso a buscar y me dio uno. Hice el cambio y le dije que me había salvado la vida, literalmente.

Siento que llevamos la vida entera en el móvil últimamente.

Antes de que saliera del recinto, empezó a entrar gente, es algo que siempre me pasa. A menudo busco locales vacíos, porque me tiende a abrumar el exceso de energías de los sitios abarrotados, pero es entrar a un restaurante, bar o tienda vacía, para que de repente empiece a llegar más gente.

Recuerdo que hace años recibí un regalo por esto en Granada. Abrieron una tienda cerca de casa, solía pasar enfrente para ir a la uni y siempre estaba vacía. Pensaba en lo triste del hecho. Un día salí con antelación de casa y decidí entrar en esa tienda, y me puse a mirar cosas, al poco tiempo empezó a llenarse de gente como un enjambre de abejas y fue cuando decidí salir del local. Exceso de energías en un espacio cerrado.

Cuando volví a pasar por la zona, me paró el dueño. Me dijo que llevaba tiempo mirando si pasaría por allí, porque quería regalarme algo para agradecer, ya que su tienda siempre estaba vacía y notó que cuando entré yo se llenó de gente.

No tenía lógica, pero él se fijó y me hizo muy feliz, porque tenía razón. Desde pequeña es algo que me pasa, así que espero que ese día la dependienta tuviera más ventas, o al menos hubiera entrado más gente que quisiera recomendar los productos.

Como no pude comprar nada y no sé si fue un buen día, dejaré la foto del local entre las que comparta y aquí el enlace de su página, por si alguna vez vas a Lisboa y quieres comprar algo chulo o te apetece pedir online. Es mi pequeño aporte y muestra de gratitud.

Logré llegar al alojamiento y tras descansar un rato, se me ocurrió llamar a la empresa de autobuses directamente. No había opción de hablar por teléfono, pero sí WhatsApp y un correo. Y me animé a probar suerte, una vez más, antes de rendirme.

Me contestaron tan rápido al mail que flipé, me mandaron una foto que se parecía a mi maleta y contesté con la descripción para asegurarme. Se le había roto una rueda en España y ese detalle fue muy útil. Sí, la tenían y me dijeron que pasara en la noche a recogerla en la salida internacional de Estación Oriente.

Cuando la recuperé eran las 23 pm y el conductor me dijo: «Tienes mucha suerte». Al ver mi sonrisa continúo: «Sí, sí, porque no se suelen recuperar tan pronto, si se llegan a recuperar. Eres muy afortunada”.

A pesar de lo tarde que era y lo agotada que estaba, me sentía inmensamente feliz por encontrar el libro y porque me iba a poner bragas limpias. Por muy raro que parezca, pasé gran parte de la tarde intentando comprar bragas por la zona del alojamiento y no se vendían, pese a ser una zona bastante céntrica, casi todos eran locales de souvenirs, bares y restaurantes.

Volví al alojamiento sintiéndome la persona con más suerte del mundo y compré algo de comer por el camino. Apenas había probado un bocado desde mi llegada. Me di una ducha larga y caliente, me puse el pijama, comí algo y antes de acostarme decidí añadir la primera fase de mi viaje a las cartas que le mandaría a mi amiga.

Dormí mucho y bien, y como era de esperar, me levanté tarde. Descubrí que mi hermana me había ingresado bastante dinero y que tenía una tarjeta sin usar en el monedero. Tocando cosas en mi app bancaria logré ponerla operativa. Y creo que no hace falta decir que con dinero la vida y las posibilidades de lo que se puede hacer se ven diferentes.

No había mejor forma de empezar a experimentar Lisboa. En un periodo corto de tiempo, ya había tenido vivencias singulares y quiero destacar lo bien que me trató todo el mundo en ese proceso, ayudó mucho. Yo clasifico los lugares por cómo me siento tratada y el resto ocupa un segundo plano.

Querido diario viajero, ¿por donde empiezo la experiencia real?

Los siguientes días me dediqué a vivir Lisboa. Visité la ciudad todo lo que pude, a pie, en tranvía, metros, trenes, buses, e incluso en Tuk Tuk. Caminé mucho durante este viaje, a pesar de que hay que tener las rodillas muy aptas porque es una ciudad de cuestas y calles adoquinadas, también hay que subir muchas escaleras. Y, pese a eso, mucha gente camina y no vi obesidad por ningún lado.

Visité el Museo del Dinero, porque ¿qué es la vida sin dinero?

Es importante aprender sobre este papel y monedas que mueven el mundo.

Recorrí el barrio de Alfama. Me la pasé viendo atardeceres preciosos en el Paseo de la Ribera.

Justo cuando visité la ciudad tocaba un DJ cada tarde en una plaza a pocos minutos de mi alojamiento, y la gente disfrutaba de la música gratis, celebraba y bailaba. Y yo también.

No me voy de la ciudad sin la foto del reloj, la presente es de Plaza del Comercio. El día que busqué esta plaza no la encontré, pero cuando ya no era mi plan visitarla acabé allí y descubrí el Lisboa Football Arena, que me conectó con mi infancia y la nostalgia.

Recuerda: el tiempo te conecta con lo que necesitas en el momento justo.

Librerías de referencia: FNAC del centro comercial, Bertrand (récord guinness) y Sá Da Costa.

Libro que me llevé: The life of a stupid man, de Ryūnosuke Akutagawa.

Punto de gratitud: Igreja de São Paulo, Lisboa.

¿Cuál será la siguiente parada?

Vi Lisboa desde lo alto y, ¡qué belleza! Las vistas desde El Monasterio de la Señora del Monte son una maravilla.

Un guineano que vendía pulseras africanas en Alfama me regaló dos, en plan: porque era su hermana africana. Llevaba mucho queriendo pulseras de esas con elefantes (en concreto) y que justo una tuviera ese detalle me pareció una bonita coincidencia.

Le dije que no me las podía llevar gratis, que sabía que era su negocio y le daría al menos una suma simbólica. Y tras insistir aceptó.

No es que no me gusten los regalos, me encantan, simplemente es lo que sentía en ese momento y quise hacer caso a esa sensación.

Es posible que mis palabras no sean suficientes para expresar todo lo bueno que ha pasado en este viaje, pero me ha hecho vivir algunas experiencias que antes solo imaginaba.

Querido diario viajero, tal vez estas no son fotos de revista, pero representan algunos de los momentos en los que más me he sentido plena. Y dejo este escrito para recordarme, si alguna vez vuelvo a leerlo, que es una sensación que existió. Que existe.

Que la plenitud es real. Que sucede y es una sensación bonita.

Tuve la suerte de ver el partido de Brasil contra Japón en el Lisboa Football Arena (Mundial 2026) y fue como volver a mi infancia, cuando poníamos la tele fuera y se reunía medio barrio para ver los partidos en nuestro patio.

¡Qué nostalgia! Siempre íbamos con Brasil y que justo ganara el partido y yo lo estuviera viendo junto a tantos brasileños fue maravilloso. El tipo de experiencias que no tienen precio.

Como escritora no podía faltar mi visita a alguna librería. Tuve la suerte de visitar principalmente tres: la típica del centro comercial, la operativa más antigua del mundo con récord guinness, y una donde puedes encontrar verdaderas reliquias, algunos de los libros más antiguos que hay.

Me sentí muy agradecida por todo lo que pudieron ver mis ojos.

Aproveché mi visita a la zona comercial para comprarme algunos detalles por mi cumple. Un regalo que me haría a mí misma: me compré unos pendientes rojos preciosos. Amo el color rojo en vestidos y detalles.

Tenía muchas ganas de celebrar la vida y bailar, y mi idea era no abandonar la ciudad sin salir alguna noche.

Conocí a F. (de Canadá) en el alojamiento y tuvimos muy buena química, y mi idea era invitarle a bailar, pero la vida hace las cosas a su manera y no terminábamos de coincidir en el momento correcto.

F. me había invitado a desayunar antes, pero como aún no sentía mi cuerpo no pudo ser. Al final, en la noche salí del alojamiento sola, porque no le vi más tarde cuando pensaba hacer la propuesta. Y como aún no nos habíamos pasado los contactos, no había manera de preguntar por esa vía.

Mi primera parada nocturna fue en un local de música en directo, no estaba lleno de gente y eso me gustó, solo que, en cuanto me senté en la barra empezó a llegar más gente. Sin embargo, la energía no se sentía pesada y me quedé, de hecho, allí bailé mucho.

Había otra gente bailando también. La voz de la cantante era preciosa y el guitarrista muy top.

Bailaba y me sentaba de nuevo en la barra y ahí conocí a R. (de Brasil), ella estaba con un amigo portugués y nos pusimos a charlar. Congeniamos tanto que parecía que nos conocíamos de toda la vida.

Más tarde llegó M. Pidió algo de beber en la barra. Nos miramos y tuve como esa sensación de «nos vamos a conocer mejor». M. no se sentó en la barra al principio, sino en la zona de mesas, pero se nos unió en cuanto se fue otra chica que estaba sentada a mi lado. Supe que M. era de EEUU y estaba por negocios en la ciudad y también que viajaría a España el mismo día que yo tenía previsto regresar. ¿Casualidad?

Y sí, llegamos a conocernos algo más y como había dicho que mi idea esa noche era celebrar la vida por mi cumple, me propuso celebrarlo más a lo grande en otro sitio, bailar más y pedir un regalo, lo que fuera, and so on. Acepté la propuesta y me despedí de R. con un fuerte abrazo, ella no estaba con su amigo en ese momento. Y me fui esperando que me sorprendiera la vida para bien.

Lo cierto es que todo lo vivido en Lisboa y esa noche en concreto, es de ese tipo de experiencias que ves en las películas y deseas ser la protagonista.

No hay mucho más que poner por escrito en este diario, pero puedo decir que mis hermanas y amigas no se contentaron mucho con el final que decidí darle a algunas de mis aventuras de Lisboa, pero lo importante es que fueron los finales que quise.

Bueno...., en verdad, siendo sincera, aquí entre nos, con F. me hubiera gustado tener un final distinto, pero ni yo entiendo todavía la forma tan ridícula en que evitaban cruzarse nuestros caminos de forma decente, e incluso, en que se separaron.

Si lo hubiera visto en una serie diría que es de esas cosas muy rebuscadas, pero a veces la realidad supera la ficción.

Hubo más historias, cosas random y anécdotas graciosas, pero se quedan en Lisboa y en mi cabeza.

Me enamoré de la belleza de Lisboa, de la personalidad de sus calles, la alegría y calidez de su gente y me gustó el detalle de ver algo relacionado con los libros en diferentes puntos. En estaciones de bus o de metro, y en mercadillos que parecían improvisados, y hasta en algunos rincones de ciertos locales de diversión.

Otra cosa que debo destacar de Lisboa es la comida. Probé cocina tradicional y me encantó. Postres deliciosos y compré tanta comida que me sorprendió terminar todo yo solita.

Me encanta comer bien y que un destino ofrezca eso…, no podía estar más encantada. Aunque como suele pasar, al principio no había gente en el restaurante y luego empezó a aparecer más peña. Solía salir a comer a ciertas horas que no son las típicas, para evitar el gentío, pero igual... Me fui antes de que se llenara, que ya lo veía venir.

Debo mencionar también el Mercado da Ribeira. Es una parada recomendada si te gusta comer, porque tan solo el aroma que percibas te dará hambre.

Como ya es tradición, hice mi parada de gratitud. Fue en una iglesia. Estuve como cuarenta minutos ahí dentro sola, me encendí una vela y me llamó la atención la forma tan diferente en que se consumía su llama, tanto que hasta lo grabé para el recuerdo.

Después del rato de gratitud me quedé sentada disfrutando del silencio, la calma y el arte de las bóvedas. Me sentí muy cerca de la divinidad y me pareció un milagro estar viva, estar ahí justo en ese momento y cómo se habían dado las cosas hasta entonces.

Querido diario viajero, como te he dicho al principio, cuando me tocó hacer el viaje de vuelta a España me dolía el corazón. De verdad, me daba pesar volver y lloré de emoción, de felicidad, por la alegría de vivir. Fue un viaje de cine y me sentí como la protagonista.

Si hay algo que me gusta de volver de este viaje que hago en estas fechas, es llegar a casa y ser recibida con mucho cariño. Los detalles, las sorpresas y los regalos de mis seres queridos...

Me hacen sentir muy afortunada. Me alegra estar viviendo la vida como la siento, o al menos de intentarlo. Ojalá volver algún día a Portugal y ojalá tener más viajes tan bonitos como este.

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